La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
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Porno-trágico VIEjecutor es un personaje, para mí, con mayor atractivo que Puerco (y ésto que Puerco...). Es con él con quien viajamos a los entresijos de la historia. En esta entrega podemos darnos cuenta del nivel de su implicación en las investigaciones —ya mucho más allá de lo sanamente recomendable (y que el autor incrementa hábilmente)—, de la maldad-malísima de Control, de las perversiones a las que se ven sujetos (parte que dará mucho giro a las caderas sobre la silla), —indirectamente— de las nuevas heroicidades de Puerco, del poder de las ya mencionadas máscaras de gas. Bueno, me callo, a leer: Desde hacía cuatro días, al caer la noche, el hombre entraba en el edificio de la Corporación, recorría los pasillos casi desiertos hasta llegar al despacho de Control, donde le informaba de los avances de la investigación. Pero aquella noche se detuvo frente al edificio contemplando los últimos rayos de sol reflejándose en la brillante superficie de los pisos más altos. Para el Ejecutor los días anteriores habían supuesto el inicio del trabajo rutinario, el de los contactos y las confidencias, el de los sobornos, el de los rumores que no conducían a nada, el de reunir datos, cotejarlos, comprobarlos, el de patear la ciudad de noche de local en local hasta el amanecer, buscando infructuosamente un indicio sobre las actividades de Puerco. Siempre llegaba tarde o volvía a su casa con las manos vacías y se derrumbaba exhausto en su cama para caer en manos de un sueño intranquilo. Se despertaba a media tarde con un café bien cargado, repasaba sus notas y con la lección aprendida, al anochecer, se dirigía a las oficinas a presentar su informe diario a Control. Pero antes debía atravesar la antesala ocupada por la secretaria, sentir su indiferente frialdad que le producía un cosquilleo de inquietud, quien con gesto impasible, sin mirarle, accionaba la apertura del despacho de su jefa. Control musitaba un sensual “Héctor” cada vez que él atravesaba el dintel y la puerta se cerraba a su espalda, y el roce de las medias de la mujer mientras avanzaba seductoramente hacia él hacía que se le erizase el vello de su nuca. La inicial sensación de desagrado que toda aquella escena le producía desparecía entre los brazos de Control, y mientras la mujer le desnudaba y se desnudaba, le exigía que fuera explicándole los detalles de la investigación. Resultaba chocante ir desgranado lo poco que había averiguado mientras sus cuerpos se atraían salvajemente, como si dos instantes distintos de tiempo se mezclasen caótica pero ordenadamente, como si el placer formase parte de la tarea de informar. La perversa sensualidad de Control le subyugaba y la obligación a la que le sometía le excitaba aún más. Mientras la lengua de la mujer exploraba los entresijos de su glande, el hombre relataba entrecortadamente las últimas acciones de Puerco, explicaba como éste repetía noche tras noche, en lugares distintos, el espectáculo del AMS. Sin duda, dijo, intenta, cerró los ojos mientras su miembro se abismaba ente los labios de Control, abrirse un mercado, cerró las manos sobre los hombros de ella, para vender la droga, y ella se detiene y le mira a la cara y le dice que siga, mientras se incorpora para sentarse sobre él, acoplándose, cabalgándole, poniendo los pechos oferentes a la altura de su boca, que narraba aparentemente indiferente al deseo, con el deseo indiferente a todo testimonio. Eran encuentros brutales en los que los informes se dilataban hasta saciar la última gota de placer, brillantes de sudor, con el corazón acelerado, jadeantes. Con ligeras variaciones cada día se repetía la misma rutina a la que el Ejecutor se entregaba con placer, dispuesto a aprovechar cada instante de aquel trabajo. Hasta ayer. Ayer el ordenador de Control permanecía encendido mostrando las imágenes que captaban las cámaras de vigilancia. En una el hombre se vio a sí mismo ejecutando una danza convulsa y frenética con Control. Creo que estoy cerca, decía a cada embestida, estoy tras la pista de las máscaras de gas. Dejó de hablar. Otra de las cámaras mostraba la antesala del despacho de Control, la mesa de la secretaria y el ordenador de ésta en el que se veía como una grotesca repetición infinita los mismos cuerpos desnudos. Irene contemplaba las imágenes mientras se masturbaba. En el paroxismo de la cópula no resultó extraño que el hombre girase a la mujer impidiéndole ver las imágenes del ordenador. La acometió por detrás con una violencia desaforada. Control gemía olvidándose del informe, mientras el hombre buscaba con la mirada la cámara que le está grabando, para que la secretaria sepa que la está viendo, buscando la complicidad de la mirada de los mirados. Su vista va frenéticamente de la cámara a la pantalla mientras su pelvis ataca brutalmente los flancos de la mujer tendida, pero la secretaria continua masturbándose con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás. Desesperadamente el hombre intenta llamar la atención de la observadora llevando sus movimientos a un límite extremado que hace que Control grite. La secretaria mira por un momento la pantalla y ve la mirada del hombre que la mira. Entonces, como un destello que atravesase su cabeza el hombre tuvo una fugaz visión. Él estaba sentado en el sofá mientras Control, de espaldas a él, ascendía y descendía deslizándose sobre su miembro, mientras, arrodillada en el suelo, la secretaria lamía alternativamente el pene del hombre y el sexo de la mujer. Después todo cesó. Un momento de olvido total, una nada oscura y viscosa le envolvió hasta que abrió los ojos y vio a Control vistiéndose que le decía ¿qué te pasa, Héctor, cariño? ¿Cariño?, pensó él atravesando las brumas de un sueño mientras las vívidas imágenes permanecían demasiado reales. Tienes trabajo, ¿recuerdas? Se vistió y abandonó el despacho. Atravesó el vestíbulo mirando a la secretaria que, aparentemente absorta en su trabajo, le ignoró glacialmente. Cuando llegó a la calle el hombre pensó que el rastro de un rubor en las mejillas de Irene no eran fruto de su imaginación. Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles (4)![]() . . La chuchería por excelencia. Con el récord de pringue y chupeteo, el donut encabeza el ranking de las marranadas supinas. Y no se queda ahí, también saca varios cuerpos al resto por su sabor, por su textura, por el olor que desprende, porque no hay nada mejor que echarse a los dientes recién dormida la siesta, porque donde se ponga una buena película, una manta y una caja de blancos no manda marinero, porque sí, porque hoy es hoy, porque de cuatro en cuatro son la bendita gloria masticable, porque están en los estantes del supermercado gritando llévame a tu despensa y porque hay que tentar a los genes generosa y copiosamente. Amén. Viernes, 04 de Marzo de 2005 20:08. [ + ]. Tema: Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles Hay 4 comentarios. Bernie Taupin, Elton John, "your song"![]() I'm not one of those who can easily hide I don't have much money but girl if I did I'd buy a big house where we both could live If I was a sculptor, but then again, no Or a woman who makes potions in a travelling show I know it's not much but it's the best I can do My gift is my song and this one's for you And you can tell everybody this is your song It may be quite simple but now that it's done I hope you don't mind I hope you don't mind that I put down in words How wonderful life is while you're in the world I sat on the roof and kicked off the moss Well a few of the verses well they've got me quite cross But the sun's been quite kind while I wrote this song It's for people like you that keep it turned on So excuse me forgetting but these things I do You see I've forgotten if they're green or they're blue Anyway the thing is what I really mean Yours are the sweetest eyes I've ever seen And you can tell everybody this is your song It may be quite simple but now that it's done I hope you don't mind I hope you don't mind that I put down in words How wonderful life is while you're in the world Fotografía:Andrzej Pluta Tarjetero: aplíquese cada hora![]() Tú te preguntarás por qué babeará tanto esta mujer que siempre me pone el pecho perdido, mientras te agitas medio dormido y te pasas la mano para secarte. ¿Ya estás dormida? No hay respuesta. Ya está dormida, concluyes, y te vuelves a dormir. Pero yo me mantengo despierta todo el tiempo, mirando el reloj despertador y sus minutos cayendo. Plon, plon. Uno y otro, sin detenerse. En el cuarenta y cinco, en el cuarenta y seis, en el cuarenta y siete estás conmigo. En el cuarenta y ocho también, y en el cuarenta y nueve. Parece mentira, pero llega el cincuenta y seguimos igual, tu brazo, tu importante brazo amparando mi espalda. En el techo se cuelan reflejos de la calle, pasa un coche, y pasa otro en pleno cincuenta y uno y la cortina en el cincuenta y dos se agita levemente. El cincuenta y tres no lo veo pero debió llegar antes que este cincuenta y cuatro que cae del reloj, plon, en menos de sesenta segundos. Del cincuenta y cinco al cincuenta y nueve me acuerdo fugazmente de cuanto hemos vivido y se me encoge el pecho de risa y de paz subiéndome por los pies una corriente húmeda que se escapa por los ojos y a las en punto empapa tu pecho. Plon, plon. ¿Ya estás dormida? No hay respuesta. Ya está dormida, concluyes, y te vuelves a dormir. El defecto mariposaHay que ver lo poderosa que es la información, lo cotilla que se puede llegar a ser, y lo difícil que es mantener la imagen en este medio si es que alguien se empeña en echarla por tierra, digamos, en un foro comunitario. Dicho de otro modo: tergiversa que algo queda. El defecto mariposa comienza el mismo día en que dos personas se aburren y a una, oh los caminos de la sub-inteligencia son insondables, se le ocurre soltar en voz alta lo mal que se ha portado Sotanita con Menganito; cosa (indescifrable y desconocida afrenta, por lo visto) que hace que Menganito, solo hay que verlo, esté como está *. Pues no se hable más, grita la voz de los superhéroes cotillas, a Sotanita hay que ponerla en su sitio. ¿Qué sitio? Ah, eso ya lo iremos viendo sobre la marcha pero de momento le vamos a hacer gordo el caldo comunitario y veamos qué tal reacciona. Si Sotanita no pierde los nervios, nosotros siempre podemos perder la educación, porque exactamente, exactamente, no me preguntes de qué va esta historia, pero se intuye de contenidos; fíjate si será que el otro día tomando café me contaron que alguien había dicho por el Messenger que si Sotanita esto y aquello. Imagínate. Y cágate lorito. Tiene que ser de armas tomar, que mírala, aparentando además que no ha roto un plato y comportándose con total normalidad. Querida, ya sé que ni nos va ni nos viene, pero estas cosas yo no las puedo tolerar, así que lo hago cuestión personal y ancha es Castilla. De los nervios me pone. Y así de sencillamente los superhéroes cotillas (que no nos engañemos, normalmente son superheroínas cotillas), sin saber de la misa la media o lo que es peor, sabiendo sólo una versión de la historia (aunque aquí lo que enciende el pelo no sea medir qué grado de conocimiento se aporta, sino el de participación en los asuntos de los demás), hinchan el buche, se colocan en la puerta del foro y cada que pasa Sotanita le sueltan una colleja. Plas. Y cuando habla, le sueltan otra. Plas. Y si rechista, otra. ¿Aquí qué más dará no tener mi pajolera idea de quien es Sotanita ni de lo que le trae o le lleva? ¿A santo de qué no aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, para echarle en cara en un foro sobre la menopausia lo mal que se ha portado con Menganito, como quien no quiere la cosa y silbando? ¡anda ya! ¿Por qué contar con lo que se sabe de ella por sus palabras, por ella, por la impresión que limpiamente se pueda uno crear (buena o mala, que a Sotanita ya le ha salido pelo en el pecho para saberlo), pudiendo actuar en función de lo que se ha conocido en franco cotilleo? ¡No tendría ninguna gracia, hombre por favor! Esto es la salsa de la vida, y a falta de pan buenas son tortas. Aquí puedo estar yo, que no me he echado una mancha en mi vida, que no me huelen los pies y que no tengo nada que echarme a la espalda, con todo el derecho del mundo a soltarle chilindrinas a Sotanita, que alguien tiene que hacer el trabajo sucio porque Menganito, míralo, es que no levanta cabeza. Pobre. Total, que Sotanita, que carece de información personal con la que devolver el golpe —ni falta que le hace porque con lo suyo va tirando divinamente— y ante la imposibilidad física y mental de ponerse a esa altura, prefiere renunciar a seguir divirtiéndose (con los ejemplares dignos de admiración y respeto que también encuentra en el plano medio y a los que da mucha, pero que mucha rabia perder de vista), renuncia digo, antes que seguir engordando un caldo que hasta el mismísimo Menganito, sin caérsele la cara de vergüenza consciente de la injusticia y del despelote, ha sido capaz de jalear. Así que una tarde se despide, y hasta la despedida, mira tú por donde (peculiaridad típica de los foros cibernéticos, “tanta paz lleves como gloria dejaste”), se convierte en una farola donde ir a levantar la pata. No hay uno, digo bien, no hay uno sólo de los superhéroes cotillas que no desee seguir dando vueltas en la chepa de Sotanita, y jolín, privados de su juguete y habitual saco de arena, se ven obligados a decir la última gracieta protagonizando, además, capítulos de risas posteriores bajo el epígrafe “pues si no sabe aguantar una broma, que se marche del pueblo” y en el que Menganito, al fondo, también se honra repitiendo aquello de “han matao a mi hijo, pero ¿y lo que me he reío?” demostrando, al menos a Sotanita, que los intermediarios superhéroes cotillas tienen un ombligo muy sucio que valdría la pena revisar y que el defecto mariposa comienza en Tombuctú y acaba en el clic que borra el foro de Favoritos. Bien, poco importa ya, no hay que sobredimensionar porque además de cornuda, Sotanita tiene que ser apaleada silenciosa y no quejarse ni dar el espectáculo porque cada cual tiene que ser consciente de cual es su sitio (el famoso sitio de antes, vaya) y honrarlo, respetarlo y cuidarlo hasta el fin de sus días o hasta la llegada de nuestro gran e insigne salvador, el aburrimiento. Desde la perdición, informando en directo, la mala de la película. (*) Ojo, es de suponer que Menganito y Sotanito tienen un pasado que es suyo, vamos de ellos, y si tienen algún problema lo resuelven entre ellos, vamos, los dos, por los medios que consideren oportunos, equivocándose o no, porque presumiblemente por eso están las cosas así de mal como están. Y así. La semana pasada —siguiendo un poco tarde aunque con una convicción digna de mejor causa, las recomendaciones de Jesús y sus propósitos para el trimestre entrante— comencé a hacer gimnasia en casa. La verdad es que me paso la mayor parte del día sentada y haciendo el culo gordo. Bueno, miento, apenas se puede decir que haya engordado pero me dolían las rodillas, me dolía la espalda, me dolían todas y cada una de las articulaciones y lo que es peor, tenía la misma agilidad y disposición que la estatua de Fofó (me hago gracia hablando de esa condición en pasado), pero, todo hay que decirlo, el viernes comenzó la remontada: por fin me trajeron el sillón nuevo y el mundo, por decirlo suavemente y no exagerar en exceso, es otro. Aquí sentada juraría que no es sólo que no me canse, es que hasta descanso oye. Me levanto como si me hubieran ajustado las clavijas, recargado la batería o cambiado las pilas. Inquietante. Y ya puestos a echar la casa por la ventana de la salud, pensé que algo de ejercicio men sana in corpore sano tampoco me vendría mal. Por aquello de acelerar los latidos del corazón, de cansarme sanamente, de sudar, de agotarme y sentarme a sacarle todo el partido al carísimo sillón nuevo (oye, que llegar jodido por las agujetas a una silla normal y corriente no es, para nada, como llegar en las mismas condiciones a un asiento como éste; el fichaje es antológico). Y funciona. Ahora, que como todos los comienzos son duros, ya no puedo ni hacer pis. En serio, tengo unas agujetas que he comenzado a temer mis necesidades fisiológicas y la más tonta actividad cotidiana. Beber, porque hay que levantar el brazo y ¡un vaso lleno!, el baño al completo por razones obvias, agacharme a recoger un juguete porque no lo cuento, subirme la cremallera de las botas deja de ser la gota china sólo cuando llego a la rodilla, de ponerme las medias ni hablamos. Qué agonía estar sano, por favor. Hace un rato bajando las escaleras me saludó la chica de la limpieza y casi me mato. Entre que me tiemblan las piernas y la flojera, la educación casi me cuesta un disgusto. Total, que yo sola me hincho de reír. Muchas veces me he preguntado qué clase de prácticas se ponían en ídem en esas clínicas terapéuticas de la risa, pero desde aquí les recomiendo un vídeo de Cindy Crawford para ahorrarles planificaciones de altos vuelos. Estas cosas hay que tomárselas así o echarse por el balcón de puro patetismo. Con el tiempo (el susto que me acaba de dar una pistola que se han dejado los críos encendida, jo-der) me pongo en solfa y le cojo el aire —que todos los años la saco por estas fechas— pero las primeras veces me veo tentada a grabarme en vídeo y guardármelo para amigos con depresión o para mí misma, si la ocasión aprieta. Es difícil cogerle el paso a la cabrona y por eso me paso más tiempo riéndome que doblando el espinazo, y aunque parece que no, esto también se nota. Además, cuantos más días pasan, más agujetas tengo y más difícil se hace todo. Vamos, que estoy jodida viva pero que me hace mucha gracia. Tanto, que hablando hace un rato por teléfono con mi hermana ya la he convencido para que venga a hacer las tablas con la Crawford y conmigo, por aquello de que la familia que hace ejercicio y se descojona unida, permanece unida. Y ahora, oh tempora oh amores que matan, me estoy acordando de la primera vez que me coloqué uno de esos aparatos de masaje a parches que venden en las Teletiendas. Yo ya no sé éste como lo conseguí, creo que se lo compré a una amiga esteticista, pero podría haber sido en El Corte Inglés o por la tele, se me ha olvidado. El caso es que el primer día abro la caja, me coloco los cuatro parches en los dos brazos y enciendo la máquina (como quien cruza sin mirar, igual). El que no haya probado este tipo de artilugios no sabe, pero yo se lo explico, que trabajan en tres tiempos: estimulación, trabajo, y relajación; de modo que en la fase de estimulación sientes un ligero cosquilleo, en la de trabajo los músculos, literalmente, se mueven, y en la de relajación, pues casi como al principio, un paseo. Pero yo esto cuando me lo coloqué no me dio tiempo a entenderlo, que tenía mucha prisa (se ve) por verlo en marcha. Y me los puse, le di al botón, y aquello comenzó a masajearme los brazos. Genial, genial, pero un poco flojo, pensé. Total, que le di un poco más de bríos y otro poco más, porque vamos, podía soportarlo de sobra. Casi lo tenía al máximo (que ya me habían engañado, que aquello era una mamola) y de repente, sin mediar aspirina, el aparato suelta un pitido y comienza la fase de trabajo. La leche. Que se me subían los brazos solos. Qué dolor y qué horror, pero si no atinaba ni a coger el aparato para pararlo. Articuleitor. Ay, mis pobres brazos solos, hala para arriba, hala para abajo. En mi vida de risas, mejor que cuando se me escapó la pulidora y comenzó a dar vueltas como loca por todo el salón que no había manera de agarrarla. En fin, que se me acabó el recreo y que tengo que ponerme a cosas más serias. Menos mal que tengo el sillón y ésto es cuestión de días, qué buena compra he hecho. Porno-trágico VIIHe aquí un capítulo recopilatorio y sospechoso de suspender la trama. O no. ¿Qué pasó en la última entrega? La maletaHace días que no tengo lista de enlaces. Quizá alguien se haya preguntado por qué (risas). La respuesta es muy sencilla, más de una vez me he encontrado con la ristra URL en el lugar donde debía aparecer el título del enlace (comiéndose la mitad de la pantalla), o lo que es peor, me las he visto y deseado para trajinar con ellos bajo manga. Me explico: a la hora de arreglarlos (me refiero a clasificarlos, eliminarlos, dar alguno de alta), nadie, salvo los usuarios de Blogia conoce lo desquiciante que es alterar por completo la relación por culpa de un ridículo movimiento del ratón antes de la completa actualización de la pantalla, o ver desaparecer el que no habías tocado (de un modo aleatorio e inexplicable) o mira tú por donde, aparecerte doble otro cualquiera de modo que cuando lo arreglas además te cargas una sección. En fin, un despropósito que a mí me ponía enferma por aquello de la pasión por el orden. De modo que si no puedo hacerlo funcionar de un modo satisfactorio, u ordenarlo me va a restar demasiado tiempo, casi que prefiero prescindir del servicio y virgencita, que me quede como estoy. Así las cosas, y aunque he podido constatar que muchos de los visitantes de este blog ya habeis extraido lo mejor de él, (incorporando a vuestros enlaces aquellos de los míos que más os han agradado) no puedo dejar de señalar los blogs de: Freelance, guerrero infatigable al que cualquier día de éstos se le mete en la cabeza volver a escribir relatos (y nos toca marcharnos por vergüenza ajena a escondernos debajo de una piedra), parapo, con su personalísima y no siempre compartida visión del mundo literario (y otros), el impresionante (aquí todos en pie) Duquena, por el que servidora siente un respeto imponente, don Canzoniere, una de las personas más valiosas que he encontrado en el medio, y Portnoy que esta semana pasada se descolgó con una pieza titulada Bolígrafo (Interludio relático), que no puedo dejar de recomendar. Los demás os habeis ido incorporando a la lista posteriormente y a base de golpes de cadera y de codazos, teneis vuestro sitio en el corro; pero a estos señores me apetecía hoy nombrarlos porque, cosas que pasan, son ya algunos años, ya, aprendiendo de y con ellos. Salud. Once de marzo![]() Lamentablemente hemos madurado mucho con esta desgracia, nos ha hecho creer en lo frágiles que somos, en que la muerte y su infame onda expansiva puede instalarse cualquier día entre nosotros que aún así, sacaríamos fuerzas ahora no sabríamos decir de donde para sobrevivir, para contarlo e incluso para aprender de ello y enorgullecer a los que vendrán detrás. Pero aquellos en quienes confiamos, aquellos que sin importar ahora el signo de su ideología recibieron nuestro voto porque están claramente más preparados que el resto y se presentaron voluntariamente para gobernar, para discernir lo justo de lo injusto, lo procedente de lo improcedente, diferenciando lo que es necesario de lo que no, han mediatizado el horror a su antojo y convertido el dolor en un arma arrojadiza con la que sacar cabeza y barriga. Son irreconocibles como seres humanos, deshumanizan la política, deshumanizan el mundo y transmiten frio con suficiencia. Con su vergonzosa actitud, agravan la sensación de desamparo que, no debe extrañarnos, a estas horas habitará en las víctimas no sólo del once de marzo, sino de todas las que desgraciadamente han sentido hundirse en su cuerpo o en el de sus queres querido, el odio de los demás. Ojalá recuperen la cordura y el sentido común, y sepan encontrar la verdad. Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles (5)![]() llegaste a mi vida, ay niña del alma, lo mismo que el Levante vuelve locas las flores tú a mí me has vuelto loca, ay, loca de amores. Por ti daría la vida, por ti bebo los vientos por ti derrumbaría, ay, los pilares del cielo, yo no he sentido nunca celos por nadie y ahora, niña, no quiero que a ti te roce el aire." Tan poquita cosa, Pasión Vega Aquí está la vida, tómala, toda tuya. Y como por casualidad tomas por primera vez ese paquetito mojado, lloroso y chiquito, y sólo ahí te empapa y sale por los poros fundiéndose con los suyos, querer no cuesta dinero, el amor que llevas dentro. Porque está en el olor a almendras y a almíbar y a caramelo y porque detrás en el pasado ya no importa nada. Y todo se olvida, y todo se cae, y empieza de cero, de cero, de cero. Llámame de tú, que puedes, y si no te importa yo te trataré de usted. A solas con el pequeñín mojado, lloroso y chiquito. Que no hay nada más elemental en la vida más que darla en otra. Y mirarla. Se mueve, mira, se mueve mi lucero. Y una enseguida sabe que no habrá nada que no haga por ese bultito, mojado, lloroso y chiquito. Lo que fuera y sin dudarlo. Él primero. Que es pequeño y no sabe. Y míralo majareta, que no hay cosa más bonita. Qué cosas hace con las manitas, qué suerte más amable. ¿Me está mirando, me mira? Y allí, en la habitación del hospital, ¿quién sabe este secreto? entre el ajetreo de los coches que paran y vuelven a arrancar, del autobús que no sabe y se llena, semáforo en verde, del ir y venir del supermercado y del supermercado a casa y de casa a la cama, entre pañuelos blancos y brisa y húmedo pestañeo, una mano nueva cruza orgullosa la espalda de un recién nacido y éste se encoge, se agarra y se aprieta, regalando con su cuerpecito de gigante un sentir donde puede meterse toda la luz que esperabas de este mundo. Así, así, tesoro mío. Así. Domingo, 13 de Marzo de 2005 15:09. [ + ]. Tema: Adminículos caseros im-pres-cin-di-bles Hay 17 comentarios. Ah'med el Qalyubi, "Temor de la cólera"En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió: Pedro de Miguel, "Soledad"![]() Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando. Visitas paganas al colmo (8)![]() Me entregó su tarjeta de crédito para que gastara sin contemplaciones. Breakfast at Tiffany´sMúsica: Henry Mancini Letra: Johnny Mercer Moon River, Oh dream maker, Two drifters, We’re after the same, Paul Varjak: You know what’s wrong with you, Miss Whoever-you-are? You’re chicken, you’ve got no guts. You’re afraid to stick out your chin and say, "Okay, life’s a fact, people do fall in love, people do belong to each other, because that’s the only chance anybody’s got for real happiness." You call yourself a free spirit, a "wild thing," and you’re terrified somebody’s gonna stick you in a cage. Well baby, you’re already in that cage. You built it yourself. And it’s not bounded in the west by Tulip, Texas, or in the east by Somali-land. It’s wherever you go. Because no matter where you run, you just end up running into yourself. ![]() Porno-trágico VIIIVuelve Puerco. En esta claustrofóbica y rapidísima secuencia la trama se pone de su lado invitándonos a una demostración de los poderes de esta criatura, en esta ocasión, midiéndose sobre Héctor. A veces se me amontonan las ideas y las palabras, supongo que esto no me sucederá solamente a mí. Me niego a vivir esclava de esta tontería, y la única guía que encuentro para esa locura es intentar encontrarme durante estas pausas que busco y agradezco tanto como los ratos de mayor auge. Me sucede, ya digo, a veces, que recibo noticias, estímulos y motivos para post y relatos, para devolver correos a quienes me regalan con su amistad, y al ponerme a ello, dispersa como una mancha de paella y hablando más que nada por no callar, comienzo a derramar verborrea por los dedos (que sale increíblemente hasta con sentido), pero que nunca expresa lo que en realidad quería decir. Otras veces me pongo a buscar esa primera línea que me lo dice todo y escribo una, la borro, escribo otra, la borro; y así de sencillamente, por la conjunción de desgana y aturdimiento, sé cuando tengo que tomarme unos días de descanso. No es que no sepa qué decir, es que temo no decirlo bien. Después está la prudencia, o el miedo. A veces se me van las palabras de las manos y por el placer de montar frases, acabo diciendo cosas que jamás hubiera querido iluminar, y no hablo sólo de privacidad. Y por último está la temeridad. Como una chiquilla me gusta bajar al bajo y abandonar la luz de arriba, tentar la mala suerte, curarme de obligaciones y resolver pequeñas rencillas contra mí misma ante las que suelo absolverme por falta de pruebas, para acabar subiendo, como suelo hacer siempre, canturreando. Bueno, pues eso, que al tajo. Un día es un díaHace poco se celebraba el Día de la Mujer Trabajadora (al que yo llamaría sencillamente el Día de la Mujer, aunque esta cosa va en matices y a por esos no he venido). El caso es que ayer, repasando El País del sábado, vi una noticia a la que todavía no he conseguido sobreponerme. Dice así:
La noticia venía así, con calzador y metida entre otras mil, como es natural entre un diario de gran tirada. Pero que fuera en presencia de sus cuatro violadores y otros doscientos hombres donde tuvo lugar el castigo no es el peor de este crimen. Sin duda lo más grave es que caerá en saco roto en nuestras memorias cuando deben ser muchas, muchísimas las personas que leyendo ésto sientan quebrarse en su corazón el más íntimo de los hilos. Es tan indignante, humillante, cruel y maldito el hecho, como el olvido. Esta es la mejor manera de celebrar el día de la mujer, sentándonos junto a las víctimas, recordando el mayor tiempo posible su terrible historia para ponerla donde más luz le de, donde más ojos puedan verla y donde se pueda gritar un basta ya que agarre con fuerza ese brazo que con tanta facilidad suele levantarse contra los más débiles. Las mujeres y los niños. ![]() Nada más![]() Las películas cumplen su cometido cuando llegan al corazón. Mejor o peor hechas, algunas consiguen que uno olvide su edad y abandone su piel y todo lo que sabe y vuelva a ser, nada más, que un niño frente a la pantalla. Porque las historias de hadas son sólo para corazones dispuestos a creérselas, y los mayores tenemos cierta tendencia a olvidarlas, incluso a restarles importancia. Mal hecho. Muy mal hecho, porque son capaces de insuflar tanta belleza dentro, y tanta dulzura, tanta calidez y tanta magia, que lo único que me queda es agradecer haberla podido ver en mi casa. Los títulos de crédito y las luces hubiesen querido convencerme de que sólo, y nada más, era una película. -¿Conoces algún hada, Peter? (...) -¿Quién está ahí? ¡Han derrotado a los indios! ¡Los piratas han capturado a Wendy y a los muchachos! ¡Yo la rescataré! ¡Voy a rescatarla! ¡Ah, eso es sólo mi medicina! ¿Envenenada? ¿Quién puede haberla envenenado? Pero Campanilla, te has tomado mi medicina. Sí que era veneno. Y lo has tomado para salvarme la vida. Campanilla, ¿te estás muriendo? Su luz es cada vez más débil, si se apaga, significará que ha muerto. Su voz es tan tenue que apenas puedo oir lo que dice. Dice que está segura de poder recuperarse si los niños creen de verdad en las hadas. ¿Vosotros creéis en las hadas? Decid rápidamente que creéis. Si creéis en las hadas, debéis aplaudir. ¡Aplaudir más fuerte! Lo mejor de estas historias es tener a quien contárselas. A quienes observar mientras les consumen las palabras bien contadas. Esos monstruos cuellicortos que corren por las casas y que jamás se resisten a una buena historia. Esos. Los mismos. Los niños. Porno-trágico IXDespertó aturdido por la acumulación de sensaciones: La fría tapicería del sofá en la piel de la espalda; el escozor de la miríada de heridas trazadas sobre su cuerpo; la luz de la mañana inundando el despacho transformándolo en un lugar irreconocible; la lengua de Control lamiendo con morosa deleitación cada uno de sus arañazos; la hierática presencia de la secretaria, de pie, tras el sillón. El sillón moradoPreocupado por el poco uso, el sillón morado había desarrollado la habilidad de perseguir a los dueños donde quiera que ellos fueran. Si les veía arrimarse a la librería y extraer de ella algún volumen con la intención de sentarse a leer, el sillón cambiaba mansamente de lugar, caminando de puntillas sobre los tacos de madera y se iba poniendo a tiro, a tiro, hasta que se llevaba una patada. Normalmente tropezaban con él. Entonces la señora de la casa lo tomaba de los brazos y lo volvía a poner, como si tal cosa, al pie del ventanal de la biblioteca y junto a la lámpara de pie. Después miraba con el rabillo del ojo los telones, le miraba a él y hacía un mohín de desaprobación. Siempre igual. La dueña del sillón morado, multípara, lucía un tripón suspenso de dos palmos de alto por uno de fondo; vacío. Alta, rubia canosa y prematuramente marchita estaba por cumplir los cincuenta. Vestía batas camiseras de andar por casa que adquiría en los mercadillos de los jueves, llevándose dos y pagando sólo una. Era una señora práctica. También llevaba un trapito del polvo en los bolsillos para, por ejemplo, limpiar el hueco del libro que extraía de su biblioteca y ya que estaba allí, los lomos de los que estaban pegados a su derecha y a su izquierda. Aquellos sus dominios estaban en perfecto estado de revista, no había fleco alguno, salvo el sillón morado que era una probada rémora y no casaba con la decoración, además de ser demasiado grande y pesado. Vamos, inútil. El dueño del sillón morado era entusiasta de la ebanistería y la marquetería. Las contraventanas, el mobiliario de la casa, de la cocina y hasta las tumbonas de la umbría eran obra suya. Silente y más disciplinado desde la jubilación, -como en su propia casa ya desistió de embutir más labores, pero le era insostenible dejar de producirlas- de sus manos iban naciendo regalos para su ralea y amistades de más friega. Que si una pareja de sillas, que si una mesilla auxiliar, que si un anaquel. Tenía cerca de setenta años y era un señor alto con pinta de airoso, aunque caminaba algo encorvado llevando -con una variación de centímetros dependiendo de la estación del año- los pantalones demasiado arriba y los calcetines demasiado abajo. Algo descuidado. En casa de los amos del sillón morado no había habido niños. Los que había parido la dueña habían nacido muertos por incompatibilidad de la sangre. En total seis. El sillón morado fue un obsequio que el flamante padre de familia le hizo a su esposa, y su entrega se convirtió en todo un evento para los trabajadores de la fábrica que ese día disfrutaron de una jornada libre. Aquel día comieron en la playa para celebrar el esperado primer embarazo. Para los siguientes, por aprensión, no hubo celebración ni toma de regalos. Sus familiares no suelen recordar este particular y sólo pueden intuir algo de este padecimiento cuando les visitan un domingo o algún santo y las sobrinas les llenan la casa con sus hijos paridos y vivos. La dueña del sillón morado se pone en la puerta para verlos entrar a los unos y a los otros, tan saludables, y todos le quitan importancia a sus sollozos cuando ella les da la bienvenida riendo y llorando. Abuela por un día, coge un libro de cuentos de la biblioteca y se olvida de pasarle el trapo, busca el ventanal para sentarse con algún crío sobre el tripón encontrando el sillón en su sitio, mientras su marido corre al taller a traer para los mayores avionetas de contrachapado. Después, cuando todos se retiran y el salón queda finalmente en silencio, el sillón morado tiene costumbre de encaramarse a la ventana para ver a los niños marchar y compararse con el color de las cortinas, apurándose una barbaridad y pensando en si les dará tiempo a regresar antes de la inminente, seguro seguro, llegada del tapicero. Jaime Gil de Biedma![]() Canción final Las rosas de papel no son verdad y queman lo mismo que una frente pensativa o el tacto de una lámina de hielo. Las rosas de papel son, en verdad, demasiado encendidas para el pecho. Visitas pagadas al hogar (2) Quiero aprovechar esta oportunidad que internet me brinda para anticiparme al desastre casero que con toda probabilidad esté a punto de ocurrirme, dejando en herencia el blog y todo su contenido al primero que lo pille. He dicho.Resulta que fui el jueves de urgencia a comprar viandas típicas de señora solterita a la que no le apetece cocinar ya que no están sus fieras y con cualquier cosa se apaña porque ella ya ve usted con una ensaladita y algo caliente va que chuta—aquí era festivo y abrían sólo hasta el mediodía— y con las prisas con las prisas cogí una pizza americana que me llamó la atención de los refrigerados y algunas cosillas más. Llego a casa, y aunque el detalle en principio no me pareció relevante (oh, destino implacable), resultó que la pizza valía lo mismo que una funda de oro para las muelas. Bien, no importa. Pero mi madre (sagaz compradora que de haberle dado tiempo se hubiera titulado en revelación de errores en los tickets) detectó que me la habían cobrado doble. Hija mía, ¿además doble? Bueno, pues de perdidos al río, no importa, no hay dolor. Ahí se queda, en la nevera. Menudo puyazo en el punto más doloroso de toda ama de casa, la practicidad, pero sobreviviré. Llévate, llévate mamá la caja al papel con todo éste otro montón, ojos que no ven corazón que no siente, que yo la dejo en el frigo porque total, ésta cae hoy antes de que se le vayan las vitaminas. El mismo jueves, también deprisa y corriendo, recogí una lámpara preciosa para la mesa del comedor. Es una monada, con sus tulipas lavanda que no sé cuantas tiene porque tendría que levantarme a mirarlo pero una barbaridad, un montón de hierro forjado, no se cuantas guirnaldas de pedrería. En fin, un disparate hecho lámpara. Bien. El electricista le cobrará veinte euros por colgársela. Ya está si no viene y la cuelgo yo equilibro el presupuesto y con la pizza no ha pasado nada y la próxima vez que pase por el súper me carcajeo en su puerta. Llegué a casa. Preparé los adminículos (en esta casa es nuestra palabra favorita, además de “donuts”) para proceder a colgarla. Bien. Quité todos los automáticos, abrí mi caja de herramientas, me puse los calcetines de trepar a la mesa, y así lo hice. Empecé a separar cables. Estos marrones, estos azules, los amarillos-verdes. Estaban todos. Así que lo primero que hice fue separar todos los amarillos-verdes que ya sé que no valen para nada, y proceder a pelar dos de los otros un poquito y bueno, ordenarlos bien ordenados para tener la maniobra bien clara y después colocar ¿el suspensorio? del que iba a pender la monada a estrenar. Empalmo, aseguro, ya me duelen un poco los brazos, me bajo, le doy a los automáticos y resulta que ahora no funciona ninguna de las luces del salón. Ni los puntos de luz que hay en el techo ni la lámpara de pie que hay entre los sofás ni por supuesto la que acabo de colgar. Andá mi madre. Bueno. Que no cunda el pánico. Aquí lo que hay que hacer es cambiar de combinación de cables. Y también lo hice. Y entonces sólo funcionaba, de todas, una de ellas, la de los sofás. Armada de paciencia tuve que probar con todas las combinaciones de cables posibles. Entiéndase que probar con todas consiste en volver al principio un montón de veces y por consiguiente quitar los automáticos, subir a la mesa, marearme de mirar para arriba tanto tiempo, dolor de brazos, cambio de cables con su consiguiente tortura para meterlos y que aguanten en su agujerito correspondiente, apretarlos, infinito dolor de brazos, mareo de mirar para abajo después de mirar mucho para arriba, bajarme jugándome el físico, darle al automático y e-fec-ti-va-men-te, para comprobar que en la mejor jugada de todas, sólo había conseguido que funcionaran dos de las tres bandas de luz existentes. Bien, sopesé la situación. No es posible, Rosa, que esté pasando esto. Tienes que haber pasado por alto alguna de las combinaciones marrón-azul de cables. La buena no la has hecho todavía. Así que lo que tienes que hacer es olvidar que está el suelo del salón lleno de puntitas de cables, la mesa llena de escayola y las herramientas por medio (porque otra cosa no, pero herramientas tengo una barbaridad..), comer, y empezar si hace falta desde el principio hasta conseguir que funcionen al menos las que sí iban, y si acaso, y a unas malas, llamar pasado el puente a un electricista para que haga funcionar la lámpara, lo cual sería un desastre porque en circunstancias como esas ver funcionar mi lámpara en-se-gui-da es fun-da-men-tal, que para eso es nueva y las cosas o se hacen en caliente o no se hacen. Calma chicha, Rosa, respira. Saqué la famosa pizza del frigorífico y la metí en el horno. Me suena el móvil. Contesto, qué haces, intento colgar la lámpara la recogí hoy, pero por qué no está el electricista, pues porque esto ya lo he hecho yo antes y está tirado, sí pero ésta es diferente no, ya bueno está un poco complicado pero no te preocupes que si consigo hacerlo me voy a quedar en la gloria o más arriba, y mientras, hablando, me acerco hasta el horno, entorno la puerta, la madre que me p… ¡¡¡Diossssssssssssss, qué peste!!! ¿Alguien ha estado alguna vez en las cloacas? En la vida de olores a rancio y a sobaquillo todo junto. Imposible definirlo, particularmente asqueroso. Sórdidamente inaguantable. Pero quizá sólo fuera eso, y en realidad estuviera riquísima de sabor. De hecho es materialmente imposible que una pizza que vale tanto no esté buena de narices. Me la pienso comer igual. Me parto un poco de jamón, me saco unas almendras, me pongo la pizza, una cocacola, un bol de ensalada y hala, a comer en la bandeja y en el sofá, como las buenas. ¡¡Y una porra!! Nadie podía comerse eso, y menos así, baboso y caliente. ¿Pero qué pizza del mundo no está buena? ¡¡Ninguna!! ¿Cuál es la probabilidad de que una pizza que así, a simple vista lleva anchoas, bacon, champiñón, queso y tomate esté mala? ¿cero? Volví a comenzar de nuevo con la maniobra de la lámpara. Vamos, una pizza tan cara y además asquerosa, hay que tener valor. Y luego estos cables. Y además no he llamado al electricista, tonta que eres tonta. Y venga a subir y venga a bajarme de la mesa. Hasta tres veces probé la combinación completa de cables (que eran nueve en total contando los amarillos) antes de rendirme en una en la que no iba nada de nada para echarme a llorar porque ya estaba bien y qué iba a ser eso. Así que espero y espero, miro a la puta lámpara que será muy bonita pero qué cabrona es, y me vuelve a sonar el móvil. Cómo vas, no funciona, se va la luz de los otros puntos me duele todo y no hay Dios que cuelgue el bicho ese, ah comprendo lo que tienes que hacer es poner los seis cables del techo empalmados to-dos con los de la lámpara, ah sí, sí, ah, pues ahora cuando vuelva a llegarme la sangre a las manos lo intento, vale, venga. Y sí, era eso, recogí el chiringuito y metí la apestosa pizza, menos dos trozos que tragué por cabezonería, en el microondas, y ya por la tarde, con el ansia de comerme una en condiciones, hice subirme una riquísima de una pizzería que hay cerca de casa que, bonita combinación, es de unos chinos y no cierran ni en Jueves Santo. Y ya....hasta ahora mismo, que me acabo de comer el resto del jueves frío porque soy in-ca-paz de tirarla habiéndola pagado al doble de lo que valía, que además era un montón, y tenía que comérmela por mis cojones porque además no supe colgar la lámpara y a mí se me pueden subir las cosas de mi casa a la pechera, pero nun-ca a la chepa, que ya tengo unas horas de vuelo y sería la primera mancha en mi historial. No, hijo, no. Y bueno, ahora seguramente me muera, de hecho ya se me está nublando la vista. Es posible que esta sea la despedida y si eso es verda... Jorge Bucay, "El buscador"![]() Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador... Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era simplemente una piedra: era una lápida. Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas El buscador se sintió terriblemente conmocionado. El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. A la izquierda, qué fue lo disfrutado. Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media...? Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos... Cada momento. Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido". El primer día de clase lloré desconsoladamente. Mis hermanas estaban en cursos superiores y nada iba a pasarme, pero eso entonces no era lo importante, ni muchísimo menos. Lo malo era lo grande que era el colegio, la fila, el uniforme, la Hermana, la aglomeración de gente y quién haría caso a lo mal que me sentía. Siempre he sido muy miedosa. Muchísimo. Pero detrás de mí, con una seguridad pasmosa, se colocó Luisa. Mi amiga Luisa. Y ya no se separó de mí ni en todo ese día, ni en los siguientes nueve años. Silenciosa, discreta, atendía cada uno de mis miedos y tejía sobre ellos una red de serenidad con paciencia propia de pescador. Parece mentira la seguridad de la que disponen algunas personas. Deben saberlo todo, al menos así lo parece. Y ella tenía el don de la tranquilidad. Yo apenas me metía en líos, era una niña muy buena. Dice mi madre que cuando era un bebé me dejaba en el parque y allí pasaba las horas muertas sin decir ni pío. Buenísima. Así que en el colegio tampoco solía pelearme con nadie. Al revés. Era la campeona de saltar a la goma porque tengo, tenemos todas, unas piernas larguísimas y las M. (que así éramos y somos conocidas en las reuniones de antiguas alumnas donde aún las monjas más viejas se acuerdan de todas) fuimos míticas en el colegio por nuestra capacidad para la rítmica, el baloncesto, bueno, todas esas tonterías que se hacen de pequeña y que ahora nos costarían un disgusto. El pino, el pino-puente, la rosca, eso. Así es que mamá tenía que pintar la casa cada dos por tres. Con cinco niñas haciendo esas tonterías todo el día, la mujer no paraba de pintar, pero reñirnos, apenas nos reñía. Ella sí que es buena. Buena de hacer a los que están a su alrededor mejores, de ese tipo de bondad. Y en fin, a Luisa le gustaba mucho venir a casa y aunque temía a mi padre como a una vara verde y prácticamente saltaba el marco de la puerta de su despacho para que no la viera, le encantaba encerrarse conmigo en el baño y que yo le hiciera una demostración de todos los secretos de belleza que había aprendido de las cuatro señoritas que tenía por encima. Ya ves tú. Porque las chicas somos muy reacias a compartirlos y a ellas había que sacárselos con sacacorchos. Qué misterio, hasta que pillé a mi hermana A. pasándose una cuchilla y comprendí como podía ser posible que no tuviera un solo pelo en las piernas. Luisa siempre sonreía. Ella no tenía hermanas, sólo hermanos y más pequeños y todos estos tesoros debían suponerle un mundo. Ella me consolaba y yo la encantaba. Empate a cero. Luisa y yo seguimos direcciones distintas una vez acabamos la etapa escolar. Después llegó el instituto. Allí también encontré una amiga el primer día y no me separé de ella prácticamente hasta el último. Mariángeles. A Mariángeles y a mí nos gustaba escuchar las mismas canciones y cantarlas muy alto. Cuando tuvimos edad para conducir a ella le compraron un Peugeot 205 blanco y solíamos dar vueltas y más vueltas por la ciudad, sólo por el placer de escuchar y cantar las canciones de Yentl, o en realidad, cualquier de Barbra, o de Whitney. Tenía una familia extraordinaria, igual que Luisa, su padre y su madre se querían muchísimo, se les veía, y cada vez que me invitaban a sus comidas familiares yo soñaba haber pertenecido a esa casta de siempre y que todo para mí, esa felicidad y esa complicidad de años, era tan habitual como rascarme el elástico de las medias de calcetín. Yo le ayudaba con los estudios, no era muy buena estudiante. Siempre hacíamos los deberes en la suya. Así ella me encantaba y yo le ayudaba. Empate a cero. Después me casé y al poco tiempo nacieron mis hijos. P. nació cuando yo tenía veinticinco años y A. recién cumplidos los veintisiete. Un día, hace ya un pico de tiempo y todavía casada, estábamos sentados los cuatro en el parque escuchando el concierto de la banda municipal y unas personas más adelante estaba Luisa con su hijo y su marido. De espaldas a mí. Y a la vuelta del parque, paseando sola, cruzó por delante del coche Mariángeles. Me acuerdo de todo porque ese día pasó una cosa (otra cosa) que hace que no lo olvide. Ayer comí en casa de mamá. Ella rellenaba unas truchas sobre la mesa, yo la miraba. Me hablaba de mi hermana A. que está embarazada de mellizas y a la que ya le han recomendado reposo, así que no sale y cada vez que la llamamos nos dice eso de tú no sabes lo que es esto, aquí, en casa, todo el santo día. Y mamá hablaba metiendo ajo picado, perejil y pellizcos de especias en las tripas de aquellas truchas. Decía que en esta vida no hay nada peor que no saber afrontar lo que te viene, y cogía las truchas y las iba poniendo perfectas sobre la fuente del horno. Una con la cabeza para acá, otra con la cabeza para allá. Y yo la miraba y me acordaba como hoy, de la cantidad de personas en las que me he apoyado para llegar hasta aquí, como Luisa y como Mariángeles, que también se acordarán de aquellos años, y tantos otros seres queridos que van y vienen, que pasan. Que no he venido sola y que nunca lo he estado, que todo ha tenido su sentido, su intercambio, sus finísimas hebras por las que caminar con suavidad. Viendo a mamá cocinar me vienen todas estas cosas a la cabeza y la mayoría casan divinamente, por asociaciones rapidísimas y acertadas todo cobra significado e importancia. Van pasando los días, y van pasando los años. Sentada frente a ella en silencio me pasa la vida entera. Entera. Desde que me servía patatas fritas y yo comencé a llamarlas ayayais porque me quemaba los dedos hasta ahora, viéndola tan mayor y tan preciosa como es. Con una felicidad y una familiaridad tan habitual como el que se rasca el elástico de sus medias de calcetín. Y además es Domingo de Resurrección. Porno-trágico XEscondido en las sombras del callejón, Héctor acechaba mientras volvían a su memoria las palabras de Sonja. La mujer le había contado mucho más de lo que él necesitaba saber. Ahora sabía donde encontrar a Puerco y suponía que éste no entendería su retraso, no entendería porque tardaba tanto en llegar. O quizás sí, Sonja dijo que Puerco era muy listo, tanto como para prever que, a través del Ejecutor, ella llegaría a conocer un placer que le estaba físicamente vedado. Héctor suponía que lo mismo que con Sonja, Puerco sabría que antes de enfrentarse a él, debería hacer lo que iba a hacer. O tal vez no, se decía manoseando nerviosamente la empuñadura de su arma en la funda. La calle seguía en silencio. Dijo Sonja que el placer la envolvía como una nube etérea, algo que, pese a sentirlo, no era enteramente suyo. Un placer ajeno, inducido. Pero un regalo de un buen amigo, de alguien que no la había olvidado en todos esos años, desde que fueron niños. La piel de aquella mujer seguía obsesionando al Ejecutor, y su voz, que parecía salir de un pozo de tristeza insondable, le mostró al verdadero Puerco, el niño desahuciado al borde de la muerte al que la Corporación transformó en un paria, el niño que vio, mientras su cuerpo se transformaba en algo horrendo, como su madre enloquecía por los experimentos de control mental a los que la sometió la compañía que salvó la vida a su hijo. Quid pro quo. Una vida por otra, una vida salvada a cambio de total inmunidad para destrozar otra. Los cultivos con ADN de cerdo habían regenerado los órganos colapsados del niño. A cambio, tanto Puerco como su madre habían aceptado unos implantes experimentales y rudimentarios de control mental. A causa de eso, o por una imprevista reacción del organismo enfermo del niño, su cuerpo empezó a degenerar convirtiéndolo en lo que es hoy. A causa de esa reacción inesperada los investigadores de la Corporación no se preguntaron porque el dispositivo de control mental no funcionaba en el niño. Sí funcionaba, sólo que supo ocultarlo. También funcionaba el dispositivo injertado a la madre. La sometieron a las más degradantes humillaciones para comprobar hasta que punto la voluntad era capaz de resistirse a las más viles peticiones. La mujer enloqueció. Recordaba todas y cada una de las vejaciones sufridas a cambio de ver como le decían que aquel elefantiásico cerdo era su hijo. Murió. Puerco sobrevivió perdiendo a su madre y su nombre, convirtiéndose con el tiempo en un empleado externo de la Corporación que seguía sin saber que el dispositivo de control mental funcionaba correctamente. |
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